Cami y Diego
Club de yates en Algarrobo, tuvimos que traer TODO, 250 personas, 10 horas de evento, operación extrema de logística.
"Hola Nico! espero hayan podido descansar como corresponde ayer. Ya terminada la vorágine de este fin de semana, te escribimos para darte las infinitas gracias a ti y a todo el equipo. ESTUVO ATÓMICO!!!!!!!! gozamos demasiado, la comida estaba demasiado rica todo el mundo lo comento y el salón quedó decorado mejor de lo que incluso podía imaginarme y muy a nuestro estilo."
"Creo que de verdad nos leíste perfecto"
"el matrimonio tenía 100% nuestra esencia"
"el equipo demasiado atento y amoroso, las barras rapidísimas"
"fue increíble"
Lo que buscaba el cliente
Camila y Diego lo lograron: su única tarea ese día fue casarse y gozarlo. Y no fue casualidad — fue el resultado de una decisión tomada meses antes: elegir a alguien que se hiciera cargo de absolutamente todo, para que ellos no tuvieran que hacerse cargo de nada.
Lo que buscaban era un matrimonio que se sintiera completamente suyo. No una boda de salón. No un paquete estándar. Una celebración donde los 250 invitados sintieran que habían entrado al mundo de ellos: colores vivos, flores reales, madera a la vista, nada de manteles blancos.
Su brief estético era preciso: paleta blush, lime, yolk y cerámica. Mesas sin mantel con placemats de mimbre. Guirnaldas por todos lados. Sin arcos. Sin show.
Y una decisión que marcó todo el proyecto: el matrimonio no sería en un salón de eventos. Sería en la Cofradía Náutica del Pacífico, en Algarrobo — un club de yates sin cocina, sin infraestructura, a más de 100 km de Santiago, para 250 personas, durante 10 horas corridas.
Cómo lo resolvimos
Tomamos la locación como lienzo en blanco y diseñamos la experiencia de principio a fin: ceremonia frente al mar, punto de hidratación decorado, coctel con estaciones mediterráneas, gran buffet con gastronomía adaptada a la paleta visual, barra abierta completa y trasnoche bandejeado.
El desafío real no fue estético —fue logístico. Trasladar cocina completa, 250 sillas, 25 mesas, vajilla, cristalería, decoración floral, iluminación y stock de alimentos sin infraestructura previa, montarlo todo en una jornada con viento costero, y que nadie lo notara.
Lo que Camila y Diego NO tuvieron que hacer: coordinar proveedores, resolver la cocina, estar pendientes del montaje, tomar decisiones operativas el día del evento, preocuparse de traslados, cronogramas o imprevistos.
El 100% de los 250 invitados comentó sobre la comida. Ese fue el dato que Camila reportó en el after-party. No cuántos garzones había, ni cuántos fletes se coordinaron. La experiencia que vivieron.
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